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«Actualmente existe una cada vez más intensa instrumentación cultural, desde los poderes del capital que tienen la posesión del mensaje de masas informativo, publicitario, ficcional, de entretenimientos, deportivo, sobre lo social. El negocio que hoy llamamos «de la cultura», pero que no significa un programa de televisación de una ópera en el Teatro Colón, sino la cultura de consumo cubriendo la casi totalidad de los aspectos conformadores de la vida. La cultura de la zapatilla, la cultura del peinado, la cultura de las golosinas, la cultura del veraneo, la cultura de los electrodomésticos, la cultura de la moda, la cultura de qué soy y cómo me pienso, qué me tiene que gustar, dónde tengo que ir, qué tengo que recordar, de qué me tengo que olvidar. Esas microculturas hoy están, como nunca en la historia, manejadas en términos de poderes tecnoculturales de alcances mundiales, globalizantes, homogeneizantes. Manejadas en términos mass mediáticos, vía producción del mensaje masivo para el consumo. Si hace treinta o cuarenta años un joven podía pensar en su propia identidad en lo social, «Yo soy obrero porque mi padre es obrero, yo encuentro mi lugar en el lugar de la producción, de obrero en cuanto trabajo en algo similar», hoy el nivel de construcción cultural de los sujetos es casi mayor y tan determinante como ese lugar donde antes hallaba su identidad de acuerdo al sitio en que encontraba en la relación capital y trabajo. Hoy ese mismo joven, si puede a través de diversas variantes de consumo, de crédito, de pagos de cuota, estar «empilchado» como alguien que no es obrero, si ese joven es deglutido por los con• sumidores de algún cantante internacional de moda, si ese joven se inscribe fervientemente en la virtualidad y el simulacro de la pantalla, encontrará su identidad en esa otra cultura de la vesti• menta, del rock, de la TV, de lo que consume, de lo que precariamente consume, de lo que ambiciona consumir. No obstante, en el trasfondo de su realidad social, la propia sociedad también le transmite lo ilusorio, lo frágil, lo aparente de ese ser consumidor, para mostrarle por infinidad de otras vías crueles, bestiales, concretas, materiales, que el espejismo de la identidad del consumo se resquebraja día tras día a partir de la otra cara del mercado. La cara de la falta de trabajo, de oportunidades, de perspectivas, de que llegan siempre los realmente pudientes, bien situados, altamente instruidos».
Nicolás Casullo, La escena presente: debate modernidad-posmodernidad.
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